Por favor, lean este pasaje ante de la homilía.
Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta. La puerta ancha, la autopista, el camino para los camiones conduce a la comercia, a los negocios y a las fábricas, no a nuestros hogares. Es la calle agosta con la velocidad máxima permitida de 25 millas por hora, que conduce a nuestras casas.
Hemos roto barrios al construir las autopistas que necesitamos para nuestros trabajos. Hemos trasladado a la gente de las zonas de construcción a nuevos barrios. Son los caminos agostos, los caminos residenciales, los que nos llevan a casa.
En los “viejos tiempos” teníamos murallas que rodeaban nuestros pueblos y cerraduras en las puertas de las ciudades. Las cerraduras proporcionaban seguridad a los ciudadanos. Si el comercio fuera su equipaje, tendrían que usar las puertas más anchas; las más pequeñas permitían a los residentes entrar y salir sin límite.
¿Cuál equipaje llevamos en nuestro viaje? No estamos yendo a trabajar, sino a relejarnos en nuestro hogar. Sólo necesitamos llevarnos a nosotros mismos.
Een nuestro vecindario natal, Dios prepara una fiesta de bienvenida. Todos vienen sino no todos se les reconocen como de vecindario. El anfitrión excluye a quienes no reconoce.
Si vienen del oriente o del poniente, del norte y del sur, encontraran sus asientos con sus nombres. Se trata de ser los últimos en lugar de los primeros y de ser los primeros en lugar de los últimos.
Entren. Tomen las calles de barrio, no las autopistas. Aquí hay menos tráfico y se mueve a un ritmo más lento. Así llegaran a la fiesta de bienvenida sanos y salvos donde podrán sentarse cómodamente.