Por favor, lean este pasaje ante de la homilía.
El fariseo fue correcto: ha hecho muchas buenas obras. Su conducta es loable. El publicano también fue correcto: su conducta fue censurable.
Sin embargo, los dos fueron equivocados. Ninguna de nuestras bondades nos califica para el cielo, y ninguna de nuestras maldades nos califica para el infierno. Es la misericordia de Dios que nos califica para el cielo y es la misericordia de Dios que nos salva del infierno.
Nuestros éxitos no nos califican para el reconocimiento de Dios, ni nuestros fracasos son signos de la desaprobación de Dios. Nuestra confianza en nosotros mismos nos pone una barrera.
Esta historia de la vida de San Francisco puede ilustrar esto. Se trata de San Francisco y; a alegría verdadera. Si todos los colegios y universidades se convirtieran al Señor, y si todos los jefes des estados, reyes, presidentes y primeros ministros convertirían al señor y hicieran la paz entre todo el mundo: no es esto la alegría verdadera. Pero si San Francisco llegara en la noche la más profunda, cubierto de barro y carámbanos, triturando de frio, y golpeara a la puerta, y el portero no le conociera y le chillara, maldijera, mandara que se perdiera y San Francisco lo acepta pacientemente sin perturbarlo: esto es la alegría verdadera.
Nuestros éxitos no pueden gustarnos, ni es alegría el recibir la humillación solo. La alegría es ver las obras de Dios en los éxitos o en los fracasos que experimentamos.
El fariseo fue correcto: ha hecho muchas buenas obras. Su conducta es loable. El publicano también fue correcto: su conducta fue censurable. Nuestra confianza en nosotros mismos hace barrera para nosotros. Sin embargo, sola la misericordia de Dios nos salva a los pecados.