Por favor, lean este pasaje ante de la homilía.
Imagina una sala de banquete en la época de Jesús. Había tres mesas que se formaba como la letrea U. el anfictión estaba tumbado en la mesa cabeza y la persona honrada estaba tumbado a la izquierda del anfitrión donde los dos podían conversarse. Los demás invitados estaban tumbados según su cercanía con el anfitrión. Todos los invitados estaban tumbados a su izquierda tomando su comida con sus manos derechas.
Para acércase a la cabecera o a la cola necesitaba arrastrase sobre los demás para llegar al propio lugar. Hacia la cabecera para gloria; hacia la cola para la propia humillación. Fuera como si nosotros subiéramos sobre mucha genta para sentarnos en un teatro o un estadio de deporte.
Jesús no decía de un banquete de bodas sino el gran banquete con Dios en su gloria. Nosotros nos damos aires si pensamos que tendríamos los primeros lugares con Dios en su reino. Sino los que Dios favorece como los pobres, los ciegos, los cojos, incluyendo a los que a menudo llamamos pecadores como los que están en matrimonios irregulares, los que tienen adicciones, y los que expresan su sexualidad diferente, y los que nosotros no queremos.
Somos invitados al banquete. No merecemos estar allí. Sólo tenemos derecho a estar allí porque Dios nos ha invitado. Si alguien no está invitado, no podemos reclamarnos sobre él porque es sólo la gracia de Dios y su invitación que estamos en el banquete de Dios.