Por favor, lean este pasaje antes de la homilía.
“Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran.”
Esta historia de la niñez de Jesús ilustra la humanidad de Jesús. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor delante de Dios y de los hombres.
Jesús tuvo la naturaleza de Dios y la de los seres humanos. Con su naturaleza divina Jesús supo todas las cosas. Con su naturaleza humana, aprendía, sin embargo, gradualmente, a través de prueba y errores, como nosotros aprendimos.
Sus padres ensenaban a Jesús la importancia de Dios, su Padre. Estando en Jerusalén, Jesús pudo obedecer y permanecer en la casa de Dios, el Padre. ¡Vaya! ¡No en esto momento! Jesús debía volver con José y María a su casa en Nazaret y seguir sujeto a su autoridad.
En su humanidad, Jesús aprendía través de su error. Jesús en, su humanidad, no sabía inglés ni español. Tenía que aprender a contar, leer, trabajar y hablar. Jesús fue como nosotros en todo excepto en el pecado.
Nosotros estamos sujetos a la autoridad de los demás. Tenemos que obedecer las leyes y nuestros gobernadores, y a todos los demás que nos gobiernan. Jesús, nuestro Dios, obedeció a hombres. Nosotros, hombres a quienes Jesús ha hecho partidores con su divinidad, tenemos que obedecer a las autoridades humanas.
Aprendimos a través de prueba y error; Jesús aprendió de la misma manera. Debemos andar antes de poder correr. Debemos crecer de niñez a la edad adulta.
El don de la navidad es que podemos crecer gradualmente en saber, en estatura y en el favor de Dios y de las personas humanas. El don de Dios es que no somos completos ni perfectos. Necesitamos crecer como Jesús creció.